Statement on the Feast of Our Lady of Guadalupe and Memorial of St Juan Diego

From The Most Reverend Allen H. Vigneron, Archbishop | Issued December 9, 2016

The following statement was given by the Most Reverend Allen H. Vigneron, Archbishop of Detroit, at the Cathedral of the Most Blessed Sacrament in Detroit to mark the Feast of Our Lady of Guadalupe and the Memorial of St. Juan Diego.

As we celebrate the Feast of Our Lady of Guadalupe and the Memorial of St. Juan Diego - her chosen spokesman – we recall with gratitude her powerful witness to the tender mercy of God, present among us in flesh and blood in the person of her Son, the Lord Jesus. In these days it is particularly right to turn our thoughts and prayers to the migrants and refugees, those who find themselves on the margins of our community.

Looking at the image of Our Lady which miraculously emerged from Juan Diego's tilma, we see her eyes downcast. Mary sets for us a model of compassion and humility. She reassures Juan Diego "I am a merciful mother to you and to all your fellow peoples on this earth who love me and trust me and invoke my help. I listen to the lamentations and solace all their sorrows and their sufferings." For us throughout the Americas, Our Lady of Guadalupe is our special patroness, our particular intercessor, and our standard for compassion.

The responsibility of governing our nation rests with our elected officials. This special privilege and honor is a solemn duty which they hold. While this duty necessarily includes protecting our national borders and enforcing laws, it cannot end there. It must include ensuring the dignity of the human person, the protection of families, and a generosity commensurate with the blessings our nation has received. Therefore, our immigration system must treat migrants and refugees with the same dignity as native-born citizens. It must recognize the fundamental wrong of separating families, particularly when children are involved. And it must not be blind to the rich contribution made – in the past and in the present – by men and women who have come to this country as migrants or refugees.

Under the mantle of Our Lady of Guadalupe, we, the Catholic Church in the Archdiocese of Detroit, commit ourselves to bring compassion and companionship to those who struggle, who are afraid or desperate. Having experienced God's love for us in giving us Mary as our Mother, how can we be deaf to their cries? How can we be blind to the genocide of Christians in the Middle East? How can we not trust Our Lady's words at Tepeyac: "Why are you disturbed? Why are you troubled? Why are you afraid? Am I not your Mother?"

Our local community in metro-Detroit is much richer for the contributions of our brothers and sisters from Mexico and El Salvador, from India and Pakistan, from Iraq and Syria, from China and Korea, from Ukraine and Poland, from Cameroon and Nigeria. As disciples of Jesus Christ and sons and daughters of Our Lady of Guadalupe, our local Church bears our Lady's message of hope to the needy and listens to the cry of the afraid. Under her protection, know that we stand with our immigrant brothers and sisters.

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Al celebrar la Fiesta de Nuestra Señora de Guadalupe y el Memorial de San Juan Diego, su portavoz elegido, recordamos con gratitud su poderoso testimonio de la tierna misericordia de Dios, presente entre nosotros en carne y hueso en la persona de su Hijo, el Señor Jesús. En estos días es particularmente correcto voltear nuestros pensamientos y oraciones a los migrantes y a los refugiados, a aquellos que se encuentran al margen de nuestra comunidad.

Mirando la imagen de Nuestra Señora que surgió milagrosamente de la tilma de Juan Diego, vemos sus ojos descender. María nos establece un modelo de compasión y humildad. Ella asegura a Juan Diego: “Soy una madre misericordiosa para ti y para todos tus compatriotas en esta tierra que me aman y confían en mí e invocan mi ayuda. Yo escucho las lamentaciones y consuelo todas sus penas y sufrimientos”. Para nosotros en toda América, Nuestra Señora de Guadalupe es nuestra patrona especial, nuestra intercesora particular y nuestro estándar para la compasión.

La responsabilidad de gobernar nuestra nación recae en nuestros funcionarios electos. Este privilegio especial y este honor son un deber solemne que ellos tienen. Si bien este deber incluye necesariamente la protección de las fronteras de nuestra nación y poner en vigor las leyes, no puede terminar ahí. Debe incluir asegurar la dignidad de la persona humana, la protección de las familias y una generosidad acorde con las bendiciones que nuestra nación ha recibido. Por lo tanto, nuestro sistema de inmigración debe tratar a los migrantes y a los refugiados con la misma dignidad que a los ciudadanos nacidos en este país. Debe reconocer el error fundamental de separar a las familias, particularmente cuando hay niños involucrados. Y no debe ser ciego ante las ricas contribuciones hechas - en el pasado y en el presente - por hombres y mujeres que han venido a este país como migrantes o refugiados.

Bajo el manto de Nuestra Señora de Guadalupe, nosotros, la Iglesia Católica en la Arquidiócesis de Detroit, nos comprometemos a traer compasión y compañerismo a aquellos que luchan, que tienen miedo o están desesperados. Al haber experimentado el amor de Dios por nosotros al darnos a María como nuestra Madre, ¿cómo podemos ser sordos a sus gritos? ¿Cómo podemos ser ciegos ante el genocidio de los cristianos en Oriente Medio? ¿Cómo no confiar en las palabras de Nuestra Señora en Tepeyac: “¿Por qué estás alterado? ¿Por qué estás preocupado? ¿Por qué tienes miedo? ¿No soy yo tu Madre?”

Nuestra comunidad local en el área metropolitana de Detroit es mucho más rica por las contribuciones de nuestros hermanos y hermanas de México y El Salvador, de India y Pakistán, de Irak y Siria, de China y Corea, de Ucrania y Polonia, de Camerún y Nigeria. Como discípulos de Jesucristo e hijos e hijas de Nuestra Señora de Guadalupe, nuestra Iglesia local lleva el mensaje de esperanza de Nuestra Señora a los necesitados y escucha el grito de los temerosos. Bajo su protección, sepan que estamos con nuestros hermanos y hermanas inmigrantes.